sábado, 10 de septiembre de 2011

El renacer de entre las cajas.

No me da tiempo a contar los días.

Voy tan rápido que no me da tiempo a mirar atrás.

Hago y deshago mi mundo llenando cajas,

metiendo las antiguas en las nuevas...

Sé que no puedo respirar y, sin embargo,

respiro más que nunca.

Sé que no sé nada

y que no me importa.

No me importa gritarle al mundo.

Ni decir que estoy cansada.

No me importa vivir mis ganas.

Me da igual el mes de julio y lo que quede por venir.

Los miedos y las dudas,

se han convertido en cojines donde apoyar la cabeza.

Donde respirar.

Se han convertido en mis ganas,

en mi fuerza...

Los miedos y las dudas...

Y no necesito a nadie.

Sólo yo.

Yo y mis cajas.

lunes, 1 de agosto de 2011

El verde de los árboles brilla más si el cielo está grisáceo.
En la vida, ocurre lo mismo.

lunes, 11 de julio de 2011

Y si todo pudiera comenzar... La vida...

Elegancia sutil.
Mirada decidida.
Cabeza alta.
Y una gran sonrisa.
Es hora de volver a intentarlo.
De luchar con ganas por lo que se quiere.
Es hora de tener la fuerza suficiente para aceptar las cosas que no te gustan y,
de momento,
no puedes cambiar.
Es hora.
Empieza lo bueno.
Empieza la lucha.

jueves, 23 de junio de 2011

Tardes de verano...

A veces la calma invade tu cuerpo.
Y la tranquilidad que sientes, te inunda.
Respiras.
Tu pecho se hincha y al soltar el aire, al abrir los ojos,
ves tu piel morena, de un dorado oscuro.
Piel vital…

Es el verano.

El verano pacífico y ardiente.
Y ese constante sonido que producen los grillos.
Aunque eso, es un recuerdo.
En la ciudad hay pocos.
Y la brisa suave, que empieza a ser más fresquita.

A veces paralizaría el tiempo en estos ratos de paz.
En el gozo de algo tan visto y tan poco disfrutado, tan poco sentido.
Las tardes de verano.

jueves, 12 de mayo de 2011

Siendo egoísta...

Odio que nunca me cojas el teléfono.
Que siempre tengas una excusa.
Odio creerte.
Y no saber si mientes.

Odio el recuerdo que ya no tengo.
Y la sensación de después de verte.
Siempre amarga,
Agridulce.

Odio cada mínima esperanza.
Y los celos estúpidos que me invaden.
Odio que aunque no te eche de menos,
no quiera verte con otra mujer.

Odio esta pizca de amor que se niega a abandonarme.
Que reniega del tiempo,
de la distancia,
de la indiferencia.

Odio cada sonido de tu voz cuando no va dirigido a mí.
Y cada sonrisa.

Odio el egoísmo que me invade irremediablemente.
Odio saber controlarlo.
Y que me coma a solas,
a oscuras,
en la lejanía.

Odio tu vida sin mí.
Y cada tiempo disfrutado en mi ausencia.
Odio no poder odiarte.
Y saber hacer siempre lo correcto.

Odio seguir estando.
Y no poder dejar de hacerlo.

jueves, 7 de abril de 2011

A donde llegaron a parar mis alas...

Tú, que caminas de noche y maúllas de día.



Tú…



Que te escondes en un mar de soledad.



Que no lloras ni te ahogas,



total,


qué más da.


Tú.


Que eres un cobarde disfrazado de salvación.


Mi salvación con una sonrisa pintada en la cara.


Que tus alas están ajadas y caídas…


Que no tienes ganas de vivir la vida.



Tú.


Que eres dulce y amargo,


frío y duro como el acero de los barcos.


Que no gritas y no dejas que nadie lo haga.


Tú, que enmudeces cuando no sabes.


Tú, que la nada se ha convertido en tu realidad.


Que las ganas las pone otro.


Otra.


Da igual.



Tú. Sólo tú.